CHULOS Y PUTAS

Las pasadas elecciones municipales volvieron a dejar en el poder a nuestro queridísimo alcalde el señor Alfredo Sánchez Monteseirín. Aquél domingo de sufragio  había fútbol y a los sevillanos las elecciones nos cogieron algo despistados. Algunos corrimos hasta las urnas para dar nuestro voto, mientras otros prefirieron entregarse a otras tareas, tal vez por falta de compromiso, por falta de interés o por queja.

El sistema electoral de nuestro país tiene fugas. La lista más votada puede quedarse fuera del Gobierno, las minorías en conjunto forman coaliciones generando pactos inverosímiles y los Ayuntamientos se rifan entre la ambición y la falta de ideas. La democracia tiene como sostén el poder de las mayorías, sin que los políticos municipales tengan en cuenta que las partes no son el todo.

Pues eso, que algunos nos acercamos a las urnas aquella mañana de Mayo.  Fuimos a la mesa, dimos nuestro voto, y nos marchamos con la satisfacción del deber cumplido. Caminamos sin rumbo por las calles pensando en lo que vendría –“caminante no hay camino, se hace camino al andar”-. Todos los cabrones tienen suerte. Y algunos podemos pasear por la Sevilla que nos gusta.

Mi sombra siguió a mi cuerpo en un viaje sin destino. Dejaba atrás las palmeras de la Puerta Jerez cuando intuí unas piernas firmes y delicadas, al paso de un andar suave y con temple. Mis ojos seguían sus zapatos rojos. A la altura del Archivo de Indias los zapatos se pararon, y mi conciencia dejó de perseguir a mi subconsciente. Era el momento de ponerle cara a los tacones. Alcé la vista entre soberbio y alegre, y al mirar solo pude sentir desolación. Sabía que aquellos ojos me buscaban, pero la catenaria del tranvía no me dejó contemplarlos, ni permitió que me dedicara una sonrisa cómplice. Siempre dije que no nací para papparazi; hasta Sara Montiel, con su paso cansino, se me escaparía. Los zapatos se perdieron entre la multitud mientras yo, inocente, me quedé mirando aquella columna inmóvil que se presentaba ante mí con ese deje imbécil que te da el saberte ganador de la batalla. Tras la primera decepción de la tarde me animé a seguir andando por aquella Avenida extraña. Es fácil desinhibirse del mundo cuando el cerebro tiene trabajo.

 

Al mismo tiempo que recuperé la noción del tiempo, escuché por la radio los primeros recuentos de votos. Todos los cabrones tienen suerte, y yo seguía caminando por las calles de Sevilla. Me paré en la Plaza Nueva, me senté en unos de esos bancos de la 2ª Modernización que la engalanan de manera “moderna”, y traté de sofocar el cansancio. Tal vez la Avenida necesite de un tranvía para la gente mayor como yo. Una vez recuperado del esfuerzo, con el espíritu en su sitio y la conciencia tranquila tras la meditación, tomé el camino de vuelta. Volví por donde había venido, pero esta vez miraba alto, no quería que ningún zapato rojo me robara mi armonía, ni que ninguna catenaria inoportuna me quitara el placer de ponerle rostro a la belleza.

¡Qué fea ha quedado la Avenida! La historia que respiraba su ambiente dejó de suspirar hace tiempo. Creo que ese día era la primera vez que la miraba con desencanto, sin cariño, sin ocultar la triste reacción que me producía su insipidez. Su corazón estaba arañado por unos raíles que recorrían el suelo, mientras su identidad era perseguida por unos cables en mal sitio. ¿Cómo puede quitarse la perspectiva adecuada –la buena foto turística- a un monumento como la Catedral sevillana? ¿No hay en el siglo XXI algún invento que sustituyera a los cables que cuelgan sobre la cabeza de los sevillanos? El capricho del Alcalde, el inútil Tranvía, ha costado más de 95 millones de euros. Como si la ciudad no tuviera otros asuntos más urgentes. Sin embargo, el contribuyente no debe enfadarse por tan elevado precio, pues el alcalde electo y su equipo de gobierno, piensan recuperar la inversión con la venta de postales con imágenes de la Catedral sin catenaria.
Pues eso, Sevilla revalidó la Alcaldía a su alcalde, y a su tranvía. Debemos ser los únicos gilipollas a los que no les importa nuestra ciudad, nuestro patrimonio. Seguimos andando el camino en esta ciudad abandonada, dejando que los gestores de una ciudad como Sevilla jueguen a constructores de una capital sin rumbo. Tal vez dejemos de vestir tacones rojos, pero siempre nos vestiremos de “puta” ante proyectos tan “chulos” como el de la Avenida.

 

 

                                                                                  Juanma Walls

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